Está aquí


Cerré la puerta de la pequeña cabina y giré el cerrojo con unas manos temblorosas a más no poder, frías como el hielo pero negras como el chocolate. Me senté con cuidado de no hacer ruido sobre la tapa que cubría la taza del váter, levanté mis piernas con la intención de que no pudiera verme al mirar por la rendija inferior.De pronto, oí un agudo y estridente grito, después un disparo. Todo a mi alrededor se sumió en un inquietante silencio; estaba cerca. Una lágrima acarició mi cara negra, tenía mucho miedo de que pudiera hacerme daño.Mi profesora ya me había advertido de que los ataques terroristas a colegios americanos eran más que posibles. Ella nos había aconsejado qué hacer en caso de emergencia, pero no era lo mismo atender a una clase que vivirlo en primera persona.Escuché pasos, éstos eran cada vez de mayor volumen. Mi pulso se aceleró, acompasándose con mi disparada respiración. Decidí sacar mi teléfono del bolsillo, no podía irme de la vida sin hablar, por última vez, con mi madre, la cual me había cuidado desde que mi padre fue capturado en la guerra. Lo encendí y un fogonazo de luz me dio en la cara, pulsé con mi tembloroso dedo sobre el chat en el que ponía “Mum”, una vez dentro de la conversación logré con dificultad escribir: “I love you”.Le oí como entraba al baño, sus pisadas eran lentas pero ruidosas. Se le oía respirar desde donde yo me encontraba. Me sorprendió que su respiración no estuviera acelerada, más bien, su ritmo era muy pausado y tranquilo.No podía entender qué necesidad ideológica tenía esa persona de matar a todos los estudiantes de mi instituto, destinado únicamente a adolescentes afroamericanos.De repente, y sin saber por qué, empecé a llorar. Me dije a mi misma que parara pero no podía controlar mi llanto. El atacante debió de oír mi lamento, pues paró de andar. A los pocos segundos continuó su paseo, pero esta vez en dirección a donde yo me encontraba. Me tapé la boca para tratar de distraerle, pero no había forma. Ya todas las sospechas estaban dirigidas hacia mí; ya no había marcha atrás.Dio una patada a la puerta, pero ésta no se abrió; volvió a golpearla con más fuerza, esta vez, sí se abrió. A pesar de mis rezos, el terrorista me vio. No estaba encapuchado, así pues pude verle la cara. Al intercambiar esa primera mirada, los dos nos sobresaltamos; aun así agarró su pistola con las dos manos y disparó. No le importó que hubiese matado a su propia hermana.

© 2020 Helena Valero Díez