El caserón abandonado


Todos los días jugábamos en un caserón abandonado, hasta el día en que nos vimos reflejados en un espejo. Ni en nuestras peores pesadillas habríamos llegado a adivinar lo que descubrimos en aquella ocasión. Cada vez que nuestros pies descalzos pisaban el suelo de la casona, algo nuevo era descubierto, desde paredes que se derrumbaban hasta libros indescifrables. Pero aquel día fue distinto.Era una tarde como otra cualquiera; del cielo caían cascadas de agua que, al tocar el suelo, se convertían en un lodo asqueroso que impregnaba todas aquellas tierras. De vez en cuando el cielo se iluminaba y algún árbol seco caía incendiado. Anduvimos desde las entrañas del bosque hacia el caserón abandonado. Sus paredes eran de un color gris oscuro. No habían cambiado nada desde el primer día en que llegamos a la mansión. El techo, casi derrumbado por completo, era de tejas que previamente habían sido azules, pero que con los incendios habían oscurecido hasta quedarse en un tono ceniza. Ya no había cristales en las ventanas, pues infinidad de veces habíamos jugado a tirar piedras al caserón. La puerta de madera, sorprendentemente, seguía estando en pie.Abrí la puerta y dejé a los demás que entrasen primero. Aquella era nuestra sala de juegos, nuestra casita de juguete, nuestros columpios… eso era para nosotros aquel caserón abandonado.En cuanto todos estuvimos dentro de la casa, corrimos por los pasillos jugando a atraparnos los unos a los otros. El tiempo en la mansión pasaba deprisa así que no pude saber cuánto rato estuvimos entretenidos persiguiéndonos. Sin saber cómo, llegamos a una sala en la que nunca habíamos estado antes. La pintura de las paredes debía de haber sido quemada hacía mucho tiempo. Únicamente se encontraba una estantería en la habitación y un trapo que parecía cubrir algo redondo. La estantería fue lo que nos llamó la atención, pues ese mismo modelo estaba repartido por otras partes de la casa y habíamos encontrado, colocados en ella, libros escritos en un lenguaje indescifrable. Inspeccionamos los tomos y nuestras sospechas fueron acertadas; las letras no formaban parte de nuestro alfabeto y fuimos incapaces de averiguar qué era lo que los antiguos dueños de la casa leían.

Casi al mismo tiempo, torcimos nuestras cabezas hacia la tela y nos abalanzamos sobre el objeto cubierto. Antes de destaparlo, nos dimos cuenta de que lo que estaba oculto era duro, y estaba frío. Fui yo quien quité el cobertor, por lo tanto, fui el primero en horrorizarme. Era un espejo lo que estaba oculto, un frío y despiadado espejo que me arrancó la alegría de cuajo. Llevaba mucho tiempo sin mirarme a una superficie reflectante, pero jamás imaginé que tendría ese aspecto. Mucho tiempo había pasado desde la última vez que me encontré conmigo mismo, y el rostro al que me enfrenté en ese momento me dejó paralizado. Ya había imaginado que mi aspecto no era bello, pero, hasta entonces, no sabía que estaba muerto.

© 2020 Helena Valero Díez