Desconcierto


La tenue luz del amanecer me despertó del sueño profundo que, al parecer, no había durado mucho. Al recuperar la consciencia, noté un ardiente escozor, como si un animal salvaje me estuviera arañando la espalda. Traté de tocar lo que me estaba causando dolor y descubrí que estaba empapada de sangre. Aterrada, me levanté de la cama y traté de correr a ninguna parte. No lograba recordar el por qué de mi herida y, lo que ocurrió cuando crucé el pasillo, me desconcertó aún más.Resultó que, tendida sobre el suelo, se encontraba una mujer, también manchada de sangre. Cuando mi mirada recorrió el cuerpo, ví cómo su vida se escapaba por un profundo corte que le recorría el cuello.Volví a tratar de escapar de mi extraña situación, adentrándome en la cocina. Allí descubrí a otro cadáver, esta vez era un hombre entrado en años. Me dio la sensación de que aquel muerto estaba esperando a que yo hiciera algo, lo cual no podía ser pues no quedaba vida en su cuerpo. Me fijé en el por qué de su fallecimiento y me pareció ver su frente llena de hematomas y, entre ellos, alguna herida profunda.No sabía qué hacer ni cómo había llegado yo a encontrarme en aquella situación pero me negaba a hallar a otro difunto. Me apoyé sobre la encimera y allí encontré a un niño, completamente apuñalado, pues el cuchillo seguía internado en su pecho.Ni de llorar era capaz en aquel momento así que tan solo me encogí y metí mis manos en los bolsillos del pantalón. Parecía haber algo dentro, así que lo saqué con miedo. Era una bolsa. Al contemplarla tuve claro que yo era la que había acabado con la vida de mi padre, mi madre, y mi hermano.

© 2020 Helena Valero Díez