¿Abuelit@, qué pasó en marzo de 2020 en España?


Las gotas de agua se desprendían de mi regadera y caían sobre las hojas de las orquídeas. Era consciente de que había otros métodos menos laboriosos para regar las plantas, pero era poco dada a usar las nuevas tecnologías para cuidar a mis plantas. Ellas eran seres a mi cargo y era yo misma la que debía cuidarlas. Pero el verdadero retoño por el que debía velar estaba al llegar.

Dylan entró como siempre lo hacía, como un terremoto arrasando una gran ciudad. Corría con vitalidad por todo el invernadero hasta frenar frente a mí, parando en seco y casi cayéndose sobre las orquídeas a las que tanto aprecio tenía. Sin sentenciar palabra me dió un fuerte abrazo, envolviendome con los brazos por la cadera y estrujandome con cariño.

-Hola, Dylan- le saludé agachándome para ponerme a la altura de pequeño, entonces me acordé de que era lunes-. ¿No deberías estar en el cole?

-No, abuelita. Hoy es fiesta, el día de la liberación- me contestó con alegría de no tener que estar en la escuela.

Mi mente anciana me hacía olvidar algunas cosas, pero esa la recordé de inmediato, pues yo había vivido el día al que se rendía honor. Envolví su pequeña mano con la mía y le guié hacia la silla de madera situada en la parte posterior del invernadero. Una vez llegamos, me senté en el asiento y Dylan se subió a mi pierna izquierda.

-Abuelita, ¿qué pasó en marzo del 2020 en España?- preguntó el niño pensando en los acontecimientos que ocurrieron para que ese día no tuviese que estar en el colegio.

-Pues verás cielo, durante la primera mitad de los años veinte, la tercera guerra mundial tuvo lugar. Y al ser mundial, no sólo la sufrimos en España, si no que todos los humanos estábamos involucrados.Pero lo curioso de esta guerra es que fue la única de nuestra historia en que todos los humanos estábamos en un mismo bando.

-¿No estábais enfrentados?- preguntó Dylan que, a pesar de tener sólo nueve años, sabía que en los enfrentamientos cada persona defendía una idea diferente. 

-Todos teníamos un enemigo común, el coronavirus. Era un virus que se comportaba como una gripe pero que se contagiaba muy rápido- no tuve muy claro si había entendido lo que era el covid-19 pero como no sabía explicarlo de otra manera continué con mi relato-. Esto era una guerra sin balas, pero se construyeron hospitales de campaña porque eran tantos los heridos que no cabíamos en los centros sanitarios. 

-¿Y por qué se llama el día de la liberación?- dijo rindiendo honor al título del día festivo.

Entonces mi mente se transportó a los días de cuarentena que parecían interminables.

-Para que la gente no cogiera el virus, nos prohibieron salir de casa. Solo podíamos ir al médico y comprar comida. Si salías a la calle porque querías, te multaban. Si salías a hacer la compra tenías que estar a un metro de distancia de todo el mundo e ir con mascarillas y guantes. 

-Si los niños no podían ir al colegio… ¿repetisteis?- preguntó Dylan.

-Nos mandaban tareas por internet y algunos teníamos clases online. Y esto llevó a que cuando estáis malitos ahora, podéis ir a clase virtualmente y atender a las explicaciones. Todo tiene la parte buena.

-¿Y cómo salisteis?- dijo adelantándose a mi explicación. 

-Todos los días que estábamos en casa, aplaudíamos a las ocho dándonos ánimos los unos a los otros y agradeciendo a las personas que estaban trabajando su gran labor. Por eso, el día que dijeron que podíamos salir, todos los vecinos nos abrazamos. Hasta charlabas con quién no habías hablado nunca. Hubieron fuegos artificiales, fiestas en los bares, niños jugando por las calles. No había nadie dentro de casa, éramos libres. 

Yo pensaba que mi relato había llegado a su fin, pero el curioso niño hizo una pregunta que prolongó mi cuento un poco más.

-¿Por qué crees que esto pasó?

-Para los religiosos fue obra de dios, para los ateos el simple destino. Para mí fue el planeta, nos había dicho que parásemos. Hubo un tiempo en el que cada uno iba tan metido en su vorágine que nadie apreciaba a los que tenía alrededor. Había en sitios en los que no se podía respirar por la calle por la contaminación. Por eso, el planeta envió un bicho que nos obligó a parar. Como nadie se podía mover de su casa, el nivel de contaminación cayó en picado y la atmósfera se empezó a curar. Como los niños estaban con sus padres en casa, volvimos a aprender a querer. Por eso, aunque las situaciones eran malas, volvimos a ser humanos. 

-Muy bonita historia abuela- me felicitó Dylan abrazándome con amor.

-¿Quieres que vayamos a dar un paseo para celebrarlo?

El pequeño asintió y juntos salimos del invernadero, de la mano, transmitiendonos el cariño que los humanos eran capaces de dar.

© 2020 Helena Valero Díez